jueves, 17 de noviembre de 2016

El cómplice

"Entrégame esas flores. Son lo último que necesito para destruir las huellas de nuestro crimen". Y, con estas palabras, yo le hice malo, yo le hice un monstruo, yo le participé en mi delito. Pobre ser sólo sombra, mitad niño, mitad verdad. A mi lado siempre, sabiendo que tenía un lado oscuro, aún a pesar de mi naturaleza corrompida, allí estaba. Sus manos ensangrentadas corroboraban lo pérfido de mi propuesta, el cadáver aún caliente y yo mandándole al segundo de cocina  donde guardaban los trastos de limpiar.
La escena toda me producía náuseas, pero ya no había vuelta atrás. Él no pronunciaba palabra, pero le temblaban las manos como a un pajarillo, así que deduje que estaba muerto de miedo. Y el otro, el verdadero muerto, allí tumbado tan tranquilo...
En el fondo de los ojos del cómplice latía ese amor infinito, perruno, tan característico, cuando me miró. Eso fue lo que me hizo vomitar con toda el alma, desde la primera hasta la postrera papilla.

viernes, 11 de noviembre de 2016

jueves, 10 de noviembre de 2016

Tentaciones

Tentación de vivir con lo puesto,
Poner el alma al aire y soñar
Con un barco de vela
Y vivir...
Y soñar...
Una vez amé, cerré los párpados. 
Imágenes acudían a mi mente
De ese lugar paradisíaco. 
Ebria y desnuda, andando llegué
A la orilla de una playa
Y viví
Y soñé. 
Pronto aprendí las canciones
De los isleños.
Parecíanse a las de los campesinos
De mi tierra.
Y un hombre de ojos verdes
Las cantaba mirando mis ojos color roble,
Mirando al mar, espejo de agua.


Imagen cortesía de Pixabay


martes, 8 de noviembre de 2016

Microrrelatos en un metro (Concurso)

El Metro de Málaga anuncia su segundo concurso de microrrelatos.  Podrá participar todo el que lo desee, con un número máximo de cien palabras y a partir de una sugerente frase.

Tenéis hasta el 30 de noviembre. Yo ya he enviado los míos. ¡Ánimo y suerte!

Toda la información en

100palabras en un metro. es



Imagenes cortesía de Pixabay

Dolce vendetta

El hombre entró en la tienda. Era un venerable anciano; tenía los rasgos de quien ha llegado a su debido tiempo al arrabal de senectud. La tienda parecía silenciosa. Oscura y olorosa a azafrán y otras especias, era imposible no perderse para encontrarla y no hallarse a gusto en ella cuando se la encontraba. El licenciado, detrás del mostrador, con su gorro frigio y sus manos frías de momia milenaria, alzaba el rostro cadavérico de contumaces pómulos para comprobar el éxito de la combinación de los átomos. Por la puerta salían los vapores de los milagros y los ungüentos. Un globo terráqueo de época ptolomeica, un incunable de la Tebaida, treinta y dos húsares de la reserva de 1875, ejemplares en miniatura, la bata facultativa, los exipientes hidrosolubles, el cartabón, el retrato de la esposa muerta por gripe a la moda española, un harén privado y un hamman público, todo esto y puede que algo más tenía el boticario en su tienda. 
-Buenos días-dijo el anciano viajero.
-Buenos días-respondió el viejo boticario.
Y se quedaron mirando uno al otro, como si reflejase sus respectivas imágenes un espejo de enormes dimensiones, un gran espejo donde pudiera auscultarse el dolor, el gran espejo del mundo. 
-Jacob-balbuceo el hombre errante- he venido en son de paz.
-No es necesario que me expliques nada-dijo el boticario. Algunas veces, los hermanos pelean.

Y retomaron la partida de ajedrez que habían empezado allá cuando la campaña de los húsares,  reserva 1875.


Imagenes cortesía de Pixabay

martes, 1 de noviembre de 2016

Los Baños del Carmen

A mí me gustan los atardeceres, particularmente en los Baños del Carmen, en Málaga.  voy allí a distraerme y relajarme y, de paso, contemplar la luz del mar penetrante como un pozo en los cristales del restaurante, que devuelven los ojos que yo amo, y que hoy se ocultan tras unas gafas que me impiden por completo sumergirme en ellos. Estamos sentados a la mesa 64. Nunca más lo estaremos. Tengo un poema en las manos, el poema de una vida, el poema de muchas vidas. Es un regalo precioso y que no merezco. En segundo plano se acarician incipientes parejas, felices, enamoradas. Felices. Enamoradas. Yo sé que en el vórtice del tiempo, no hay en mi resquicio un camino amargo que finalmente me conduzca hasta el amor. Hay quien se baña, hay quien nada a braza,  hay quien fuma o mastica chicle hasta que se le abren las mandíbulas.  Y el chico de las gafas que no me mira, que no me quiere, que se llama todos los nombres, que ostenta todos los títulos honoríficos de mis sueños. Marchamos. Olvido el poema. Hablamos de tiempos paralelos. Le quiero más que nunca. Le he perdido para siempre, si es que alguna vez le tuve.

sábado, 29 de octubre de 2016

El laberinto

Allí estaban los rescoldos  de un amor acabado.
Allí moraban las horas locas, las relumbrantes sonrisas,
El brillo eterno de sus ojos.
Allí, esto es, aquí mismo,
Aquí mismo,
En mi ser dividido y esquizoide.
Su desprecio fue mi alimento.
¡Ay de su fuerza, su corajuda mano!
Batió en mi rostro,
Luego en la tierra.
Y de la tierra germinaron las hojas
De hermosa planta
Qué cicatrizó mis heridas.
Agua de manantial bebí
Y mis labios olvidaron sus besos.
¡Sus besos!
Era amado tanto cuan temido era.
Si pude evadir el laberinto
Fue por haber en él entrado
Y en sueños hablado con Ariadna la ninfa.
La puerta estaba a oscuras,
El cerbero, dormido.
Humedades de oquedades y tumbas
Señalaban mi sarcófago vacío.
¡Pero vi mi rostro a través del cristal,
Muerta y enterrada en la cripta!

Rompí con mis manos las cadenas,
Huí del monstruo sin mirar atrás,
Mas justo al llegar a la salida
Dime cuenta de que el laberinto...
¡No eran más que los latidos agigantados
De mi horrible corazón!



Imagen cortesía de Pixabay